La Princesa Yasevé

Blog Literario, desde el rincón de los olvidos

lunes, 13 de febrero de 2017

Soy tonto

Soy tonto

Blog literario, relato
Soy tonto, relato
Este relato no debería estar en este blog, lo escribí por otro motivo y destinado al cibertaller literario de José Losada. Por motivos ajenos a todos, y sobretodo a José Losada no ha podido llevarse a cabo. Pero yo debo una deuda, ¡sí! a ti, José por todo lo que has enseñado, por todo lo que me has aportado y motivado, a que mi ingenio se desate y fluya. Siempre cumplo mis promesas, pago mis deudas y soy responsable de mis actos.
Por ti, que de tu generosidad debemos aprender, de tu esfuerzo incomprendido, por romper las barreras de los estigmas, mi relato José, inspirado en dos personas que forman parte de mi vida.
Sin estigmas.
Soy tonto
Jose se acomoda en el asiento del autobús, más concretamente, en la plaza nº 23 del autocar Alsa, con destino Barcelona. Mientras acaban de subir todos los viajeros, mira por la ventanilla la puerta del Pintao, la fonda que hace de parada de autobuses.
Siempre ha estado allí, piensa. Al menos desde que tiene uso de razón. Sus cuarenta y cuatro años le delatan.
La fonda es el punto de encuentro para todos los paisanos del pueblo. Mira con nostalgia a Francisco, el posadero, quien, a pesar de sus años y la joroba que corona su espalda, sigue al pie del cañón, guardando la tradición de los paisanos del pueblo. Y es que en la fonda del Pintao, se reúnen los jornaleros, cansados de un día en los campos de labranza, consumiendo los últimos minutos de la tarde con una cerveza Alhambra, bien fresquita, y con su tapa correspondiente. Y qué decir de los más viejos del pueblo, matando las horas del día, jugando al tute.
Jose ríe para sí. No sabe jugar al tute, «como soy tonto» cavila, y una mueca de tristeza se forma en su cara.
«Eres tonto, Jose» una frase que siempre le acompaña desde pequeño. Su apodo es “el Pringao”, así lo bautizaron en su día los niños de la escuela rural, pues siempre reaccionaba tarde y mal a las bromas de sus compañeros, o no respondía nunca a las preguntas de don Manuel, el maestro de escuela…
 Llevaba repiqueteándolo todo el día, el recuerdo del momento en que se creyó lo que le decían.
Fue una tarde de agosto, con 38 grados de calor. Ni las chicharras con su ensordecedor chirriar, eran capaces de salir de debajo de las piedras. Pues allí a los pies de Sierra Nevada, Lorenzo daba con ganas. Unos cuántos niños del pueblo, siempre los mismos ─aquellos que vacilaban a los paisanos con sus travesuras─ invitaron a el Pringao para bañarse en la balsa de El Loco. Por entonces, la piscina municipal aún no estaba construida, así que remojaban los calores en las balsas desperdigadas por los cortijos. (Jose se recrea en lo que sintió ante aquella invitación, pues siempre anduvo de labores con su padre desde bien chico; y aquello, era como ser niño con otros niños) Quedaron en la plaza del pueblo, delante de la fuente de Los Leones. Risas, chapoteos entre unos y otros, mientras esperaban a que acabasen de llegar todos. Jose intentó participar de los juegos y, reunidos todos, se encaminaron hacía la balsa de El Loco. Se lanzaron al agua una vez se desnudaron; en bañador unos, en calzoncillos otros. Jose estrenó su nuevo bañador Adidas. Su madre se lo compró en rebajas. Fue a Granada a comprarlo con mucho esfuerzo. Era de licra azul añil, y los demás niños se quedaron prendados, sobre todo de la marca de la prenda. A Juan, El Rubio, no se le ocurrió otra cosa que pedirle que se bañase desnudo, que todos lo harían, que si no lo hacía, sería un «gallina cobardica». Accedió, aun percibiendo la vergüenza de mostrar sus partes más íntimas. ( Se sonroja al recordarlo, y con una sonrisa lastimera, se repite: «soy tonto»)
Ya en la balsa, cuyas aguas verdosas invitaban a salir corriendo, Jose nadó, divirtiéndose. Hora de partida, cuando descubrió que su ropa, y su nuevo bañador, habían desaparecido. Sus “amigos” huyeron en bandada, mientras él, tapándose con sus manos sus órganos genitales y, en un mar de lágrimas, se dirigió al pueblo. Suerte que por el camino se topó con Ricardo, “el Largo”, y le cedió un pantalón de labranza de talla gigante.
Ahora Jose, el Pringao, mira por la ventanilla mientras el autobús encamina su destino. Ve alejarse las calles empedradas de hace un siglo, balcones engalanados con geranios rojos y rosas, clavellinas, claveles, jazmines, sí jazmines. Su perfume se exhala por todo el pueblo, incluso encubren los olores típicos del campo y el ganado. Sí, el aroma que desprendía el único amor que tuvo: María, bella María. Una chica preciosa, con su cabello castaño y reflejos dorados, ojos negros como el azabache. Su sonrisa de ángel y su cuerpo tan perfecto…«María» ¡cuánto amor!, ¡cuánto dolor!.
María tenía diecinueve años cuando se fijó en ella. Eran las fiestas de agosto; muchos que habían emigrado, volvían por esos días a pasar las vacaciones y a cumplir con la tradición de sacar en procesión a los patrones del pueblo. Lo bueno de ello, era la verbena a la fresca, el momento en que la orquesta popular de la zona entonaba las canciones de moda. Los jóvenes del pueblo se desataban en bailes sensuales, animados por cervezas y cubatas de ron de barril, mientras los viejos del pueblo en chascarrillo, comentaban los “pasos” de la procesión.
Ahora a Jose se les anegan los ojos recordando a María, con su vestido blanco, ceñido a su cuerpo, insinuando sus curvas. Se enamoró en aquel instante. Tuvo el valor de acercarse a ella, ofreciéndole una cerveza. Ella aceptó y, con sus labios rosa chicle, le plantó un beso. Él no era muy atractivo, sus orejas de soplillo le afeaban más de lo que era. Y ufano, le pidió un baile, y un beso.
Empezaron su relación de tres meses. el Pringao dejó de serlo, para convertirse en el Afortunado. Todos les envidiaban; tenía a la chica más sexy del pueblo. Hasta que un día de noviembre Jose la descubrió dándose el lote con Mario, el Listo, y en la era de el Collejas. Se hundió en la tristeza más absoluta, y dejó de ser el Pringao para ser el Cornudo.
«Soy tonto»
Atrás de la carretera, se queda el pueblo blanco como la cal, sus gentes desinfectan los chinches y moscas a brochazos y, a lo lejos se ven las cabras de Enriqueta, ya enjuta de tantos años y tanto pastoreo. Jose suspira entre la añoranza de lo que abandona y el miedo del camino emprendido. Se abandona al sueño, en el momento que el autobús accede a la autovía del Mediterráneo, dirección Barcelona.
Diez horas después, Jose arriba a la Estación de Sants. Su hermana mayor, Pepi, le espera con su sobrino Pau. A su memoria, los enfados de Pepi y sus sopapos cuando la espiaba mientras su novio le metía mano. Treinta años después, Pepi se ha convertido en una mujer divorciada, independiente y profesora de instituto, y madre.
Jose se siente orgulloso de ella, mientras se repite «soy tonto». Alucina viendo el tráfico intenso de Barcelona, mientras en el coche de su hermana se dirigen a Terrassa, donde vive con sus dos hijos. Motocicletas, camiones, coches, taxis negros y amarillos, autobuses y el tranvía;
Menudo caos, piensa
Ya en el piso de dos habitaciones de su hermana, ambos se ponen al día de los avatares de la familia y los cotilleos del pueblo. Siente el cansancio en sus brazos, como el plomo, y sus piernas temblorosas precisan de una cama. Son las doce de la noche, cuando el Pringao consigue estirarse en el sofá-cama del comedor de su hermana. Imágenes en forma de fotonovela atraviesan su mente, fotos de infancia con sus hermanas mientras se bañaban en la acequia del abuelo Manuel; los callos en las manos de darle al pico y la azada, junto a su padre Pepe; los sermones de los domingos del Padre Ángel, (suerte tuvo de él que le ayudó a aprenderse las provincias de España); las nevadas de enero y el calor del brasero en la cocinilla de la abuela Rosario; la playa del Zapillo en días de verano, ya siendo un jovencito; la Tere, la prostituta que le dio la bienvenida a ser un hombre con pelo en el pecho; su madre Carmen, siempre con la historia de su nacimiento: A mi hijo le falta un hervor , decía su madre. Y es que explicaba que al sacarlo con fórceps, le apretaron demasiado el cerebro y tonto se quedó.
Intenta dormir. Le pesan los ojos, e incluso nota una pequeña punzada en el pecho, pero no consigue vencerse a Morfeo.
Solo una voz que no cesa «soy tonto», pero mañana demostraré que Jose, el Pringao, sabe más de lo que dice.
Y el sueño le abraza.
Blog literario, relato
José Losada, escritor

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