Tarde de domingo

¡Cuánto silencio! Han enmudecido los coches que por esta amplia avenida circulan incesantes, tras un destino a veces incierto y otros erróneos. El parloteo de los transeúntes ha cesado de repente, no escucho sus saludos, ni los móviles donde guardan tanta soledad. Ni siquiera el griterío de los niños, que en bandada salen del colegio, corriendo tras una merienda de Nutella y unos juegos en el parque de esta plaza, que se quiso vestir de tanta modernidad, abandonando los árboles tradicionales, por farolas inhumanas y tristes.
¡Cuánto silencio! Mi mente se para, se estanca delante de mi Coca-Cola lithg, mi cuerpo se estremece con un escalofrío que sube desde el dedo gordo del pie derecho hasta el último de mis pelos, seguro que el más blanco de todos. ¡Cuánto silencio! ¡cuánto miedo!, mis manos tiemblan y mi mirada se nubla, aquella imagen, aquella figura que veo en la otra acera, aquél ser despierta en mí, algo que tenía muerto y enterrado. Y de golpe, a fuerza de amargura en mi boca, como la hiel, regurgita en mi garganta come ese grito acallado por el ¿miedo?, por la ¿culpa? O por el ¿dolor? No sé, la confusión nubla mi pensamiento. El mareo me aborda con la necesidad de aguantarme a la mesa de esta cafetería, decorada con las últimas tendencias del postmodernismo.
Hace dos meses decidí volver a mi ciudad, desde muy joven la abandoné por estudios, por tener una vida mejor y quizás, si me paro a pensar, por huir, correr de aquél que tanto daño me infligió. Escapar de él y agazaparme de la vergüenza, esconderme de mi misma, enterrar todo aquello que asesinó mi inocencia en un bosque de maldad e indignidad. Puede que esa fuese el único motivo, que nunca he querido admitir, para alejarme de mi hogar, de mi familia, de todo, lo que hasta ese momento, era mi mundo. Años de exilio, allá en otro lugar, con otro idioma, otras gentes, otros mundos, donde no quise volver a pensar ni rememorar lo enterrado, en una memoria nada tonta y, muy selectiva.
Y ahora aquí, mientras el sol de las cinco de la tarde intenta irradiarme luz, la penumbra acecha mi rostro. Allí delante de mí, mi verdugo. Nunca imaginé, cuando decidí volver a mi ciudad, tener que batallar contra el pasado. Mi conciencia durmió durante más de 20 años, sin prestar atención a la venganza ni al perdón. En este momento, el asesino revive a ésta, su muerta.
Ya no es el mismo, su tamaño ha menguado, los años no pasan en balde, está visto. Más viejo, taciturno, arrastrando los pies y con mirada perdida, sigue las instrucciones de esa mujer grande, obesa que sin piedad le manda que coja, naranjas del puesto de frutas. Naranja, así es su pelo, su rojizo de antaño es más naranja con hebras de plata. Ahora con barba, rasurada sin acierto y con mucho desconcierto. Por entonces, imberbe otorgaba a su cara inocencia e ingenuidad, a pesar de sus años. ¿Cuántos? Sí 20 años tenía por entonces, alto, atractivo y con buenos modales. ¡Claro! de buena familia como la mía, padres humildes y trabajadores, inmigrantes con ganas de dar lo mejor a sus hijos. Amigos de sus amigos, de mis padres; dos familias disfrutando de la amistad, reunidas para no olvidar sus raíces, su pueblo y sus costumbres. Días de domingo de paella y tocino en un fuego de leña, domingos de merendero, de juegos a matar, de expedición por bosques en busca de boletus y caracoles. Domingos anotados en el calendario para recordar que el trabajo tenía premio y recompensa. Yo disfrutaba de mi hermana, de aquellos niños mayores que nos perseguían jugando al escondite. Muchos domingos de risas, de juego de cartas al remigio, y cervezas para los mayores. Tardes de siesta en las mantas estiradas en campos de margaritas, y mosquitos abusones de tanta paz. En este momento, huelo la leña de la barbacoa y la fragancia del romero que embriagaba aquellos días.
Hasta aquella tarde de junio, ¡es curioso!, no recuerdo su nombre, ni quiero. Frente a mí el causante de mis devaneos, mis divagaciones por una mente atormentada, de una vida de castigos y penas, de falta de arraigo a las personas. Instaló la desconfianza, el miedo, la incertidumbre, el asco y el rencor. Me mató aquella tarde que le seguí con la confianza del hermano protector, por el bosque, buscando la aventura de encontrar animales y personajes de cuento de hadas. ¡Qué puñetera, la memoria! Puedo ver aquel trozo de bosque, zarzales, pinos, moreras, ¡tan Mediterráneo!, algunos escombros y un palet. ¡Sí! un palet abandonado, viejo, enmohecido, herrumbroso, un trozo de madera desamparada a su suerte, como yo aquella tarde, sin saberlo.
Y ahora frente a mí, él, el innombrable, el hacedor de la impunidad, el valedor de la miseria de mi corazón. El encantador de sueños de niña. El mago de las mentiras y el dios del desamor. Pero ahora decrépito, enfermo de podredumbre, inyectado en sangre los ojos. Como aquella tarde, cuando se paró en seco, delante de aquella madera infecta de desasosiego. Yo detrás de él, ajena a todo y a todos, jugando a las aventuras de mi infancia. Doce años, sólo doce. Se giró hacía mí, con una sonrisa grotesca y forzada, no consigo recordar sus palabras, tan solo sus manos grandes y fuertes sobre mis brazos. Siento aún la presión que ejerció sobre ellos, el dolor, mi queja ante el hecho. Y su respuesta…
Me arrastró a aquel palet, me dijo que calladita o me haría mucha “pupa”. Como si yo tuviera cinco años. Y yo calladita y muerta de miedo hice lo que él me dijo.
─Jugaremos a un juego nuevo, tan solo debes hacer lo que yo te diga, a no ser que quieras que te deje aquí, solita, abandonada, ─me dijo, mientras se sacaba su “cosa” de la bragueta.
Yo no dije nada, creo que tan solo asentí con la cabeza. Me cogió de ella, y la acercó a aquella “cosa” que se agrandaba cada vez que él obligaba a mi boca que la metiera en ella. Así varias veces, no sé cuántas, tantas, hasta que “aquello” me ahogó, y las ganas de vomitar se agolparon en mis labios.
─Buena niña, por ello seguiremos jugando, pero ahora será más divertido ─reía sin cesar.
Me tumbó, bajó mis pantaloncitos rosa chicle, cortos de verano, y también mis braguitas blancas de algodón con puntilla, que con mucho cariño había cosido mi abuela. Y un dolor fuerte y un grito ahogado rompió mi niñez. Cerré los ojos, no luché contra ese “monstruo” que tanto daño me hacía, solamente cerré los ojos, me desvanecí en un sueño y con mi Nancy jugaba a maestras. Mientras escuchaba su respiración acelerada y jadeos a cada nuevo envite. Cuando volví en mí, él se abrochaba la bragueta, un reguero de sangre y de un líquido pastoso y lechoso descendían entre mis piernas. Tan solo un sollozo. Y el dedo acusador de él, en su boca para que guardara silencio.
Volvimos donde nuestros padres, ajenos a todos jugaban a las cartas entre risas y cervezas, mientras los más pequeños seguían en su siesta. Mis ojos enrojecidos por las lágrimas desvelaron una caída tonta entre los zarzales.
Sabía que algo “malo” había hecho, y no podía decir nada, me sentía sucia, asquerosa, una mendiga en medio de la inmundicia. Me encerré en el baño al llegar a casa, y fregué, fregué con rabia y desesperación la huella de aquellos dedos que hurgaron dentro de mí. Rasqué, froté y callé. Más tardes como aquel domingo se repitieron, hasta que caí enferma, y por fin, me alejaron de mi asesino, sin saberlo.
Y ahora frente a frente, enfrentada a mi pasado, él ni siquiera me reconoce. Yo ya no soy la misma, mi infancia se perdió aquella tarde, en aquel palet. Morí allí, y después, me reencarné en un espectro viviendo una vida transmutada en falsa felicidad.
He vuelto, aquí al lugar del crimen, para saldar cuentas, o tal vez, a perdonar y a perdonarme.
Tú que me mataste, tienes tu condena en esa sombra que vaga en tu conciencia, y yo, yo te perdono, porque en mí no mataste la compasión.

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