Blog literario, relato, la escribiente
En caída libre, relato
Desciendo con la rapidez del alud en la montaña nevada y pesada, cargada del hielo que rompe la base poco cimentada, en la raíz de una tierra de arenas movedizas. Caigo en la precipitación de esa agua que nace en el cielo para morir en el asfalto, de una ciudad sucia y cruda, burda y sarcástica, poblada por gentes anónimas, sin vidas más allá del trabajo y el dinero. Ruedo sin parar, en la acera de tanto indigente, buscando un banco donde acomodar la ebriedad y, dormir el día y la noche, esperando la próxima borrachera. Y me derrumbo, sobre un colchón de púas que se clavan una a una en mi piel, tatuando en la epidermis cada uno de mis días de locura y de llantos; todas las lágrimas con nombre de hombre, o aquellas vertidas en el ocaso del pensamiento perdido por tanto desdicha. Sangra mi cuerpo y sangra mi alma, la que pierde el equilibrio en la cuerda floja de días de monotonía y melancolía enturbiando un rostro sin boca, cosida con puntadas de hilo de nylon para no despegarse de su silencio. Tropiezo una y otra vez con la misma piedra, la que me encuentro en el camino que tomo, para ir a ninguna parte. Una piedra rugosa por los años, áspera y ruda como mi historia, gris como mis días, dura en la apariencia y arcillosa en su interior. Cada patada que le doy a mi piedra, para apartarla, de esta calle que me lleva al final del túnel, crece y se agranda como el grano infectado en la cara, enquistando la sangre y supurando el pus enervado por el veneno del despecho y el desprecio.
Resbalo en la constancia de no mirar por donde piso, sin mirar al frente con el desafío de comerme el mundo y en la ceguera de tanto orgullo, arrogancia de quien se cree una mendiga de causas perdidas. Giro y giro, más giros, hasta el mareo, sobre un tío vivo de personas que se desdibujan en una cuartilla arrugada y lanzada a la papelera, inservible para escribir más nombres y menos direcciones, una hoja de garabatos trazado sin ton ni son, ocupando horas muertas con un lápiz mellado por dentelladas de rabia y de ira. Y el vértigo acecha a mis ojos con la pesadumbre de quien mira hacia abajo, sin más horizonte, que el vacío abierto en un boquete sobre el suelo enfangado, de tanta lluvia, deseosa de limpiar la podredumbre de almas sonámbulas vagando un te quiero.
Aturdida, cierro la mente, y dejo que el ruido de los truenos, ensordezcan mis pensamientos, para lanzarme en caída libre sobre el hueco que se pierde en un pozo sin fondo. Ese, que te traslada a la puerta del averno, donde te espera el cancerbero, un perro maloliente y rabioso, ladrando mi bienvenida al fuego del infierno eterno. Quemo mi pereza, la vaguedad de mis manos y la lentitud de mis pasos. Arde mi lengua, impía de palabras nunca dichas y sí pensadas, y las dichas, en el ímpetu de la refriega con aquellos que me quisieron. Crepitan mis huesos, chirriando por el dolor de la enfermedad y más, por la desazón de querer y no poder. Y poco a poco, humean las ideas que en aire se expanden por una chimenea sin salida, contaminando la vida de todo bicho viviente en ese abismo. Y en esa lumbre, mientras danzan las meigas cantando aquelarres, expío culpas y pecados. Entre demonios riendo mi dolor, purgo los temores y las mentiras que acechan mi ser, para convencerme de lo buena que soy, falsedad del negativo de mi fotografía. Peno los “te quiero” que emulé en la concupiscencia de extraños de media noche, para saciar el hambre de besos y abrazos. Redimo en el fuego, la intranscendencia de mis días, libros sin título con hojas en blanco, merecedores de caer en la noche de los cristales rotos, para ser olvidados en las cenizas diluidas en el mar.
En caída libre, desciendo al infierno para purificar la ignominia de mi nombre y la vergüenza de mi sombra, esa que vaga clamando perdón. Enferma de muerte, condenada por sentencia con pena capital, agonizo en un último estertor y una última voluntad: no me recuerden.